Fue en esta misma casa, ubicada muy cerca de la iglesia de San Pedro y San Pablo, en la Pequeña Habana, que se produjo la primera de estas fiestas anuales convocadas por Clipsia Wong, desde su llegada a Miami en 1994. Hoy, la fiesta regresa a la misma casa donde se originó, y leyendo entre sÃmbolos, me parece claro que se ha completado un ciclo, aunque no logro adivinar su significado.
Los amigos respondieron, como siempre, al llamado, no solo con su presencia y su alegrÃa --que ya serÃa suficiente--, sino además con sus provisiones comestibles y bebestibles. De notar, el vino de Rioja aportado por Corujo, que no duró diez minutos una vez descorchado, las piernas azadas por Rafael, de chuparse los dedos, el congris de Roge y el aguardiente de Orula que trajo Angel DÃaz.
Juaqui nos deleitó con su guitarra y su voz, y yo, que tenia muchas ganas de tocar guitarra ese dÃa, me le unà y hasta me embullé a cantar sin complejos.
A las doce procedieron los files a encender sus velitas, como es la tradición.
Como era dÃa de entre semana, la fiesta no se prolongó por mucho más tiempo, y asà terminó lo que habÃa comenzado horas atrás. Asà es la vida, cÃclica, asà que esta historia, tantas veces repetidas, se repetirá una vez más, el próximo siete de Septiembre... si Dios y la Virgen lo permiten.
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